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El avance es experimental y aún no implica generación neta de energía comercial.
Durante 30 años, la investigación en fusión nuclear estuvo condicionada por un umbral considerado infranqueable: el límite de Greenwald, una relación física que establecía cuánta densidad de plasma podía soportar un reactor antes de volverse inestable. A mayor densidad, mayor energía potencial; pero también mayor riesgo de colapso del sistema. Ese fue el consenso global. China decidió cuestionarlo.
El reactor EAST (Experimental Advanced Superconducting Tokamak), conocido como el “sol artificial” chino, logró operar de forma estable un 65 % por encima del límite de Greenwald. El resultado no surge de una ruptura teórica, sino de ingeniería aplicada: una optimización precisa de la interacción entre el plasma y las paredes internas del reactor, un problema que durante décadas fue asumido como inevitable.
El experimento demuestra que es posible incrementar la densidad del plasma sin sacrificar estabilidad, un punto crítico para el desarrollo de la fusión como fuente energética futura. El avance, sin embargo, se mantiene en el terreno experimental. No se ha demostrado generación neta de energía útil ni la viabilidad de una planta comercial, y los propios investigadores lo describen como un progreso de laboratorio centrado en la estabilidad del plasma.
La lectura estratégica resulta incómoda para otros polos tecnológicos. Mientras Europa permanece inmersa en regulaciones, procesos burocráticos y debates prolongados sobre riesgos hipotéticos, China ejecuta: prueba, falla, ajusta y avanza. El logro de EAST no cierra la carrera por la fusión, pero redefine uno de sus límites históricos y reabre un debate que parecía resuelto.


